Las historias de Mariana: “no tengo tema”

Después de un largo día de gestiones en oficina de gobierno, tiendas de aparatos móviles que nunca tienen solución, y las interminables filas de los banco, Mariana iba muy tranquila en su carro deportivo con todos los “powers” por  el expreso Luis A. Ferrer. Como siempre iba escuchando la rumbita de Melendi y  alta velocidad.  De momento, la música se detiene, debido al sistema sofistica de bluetooth que lleva su auto,  y suena el teléfono. Ah era el chico aquel que alguna vez le fue interesante, y a que ahora le comenzaba hacer indiferente por su indiferencia.

Hola ¿Cómo estas? – respondió Mariana.

Bien y tu. Llamaba para decirte que te envié los papeles que quedamos para  que revisara. – contesto el chico, haciendo una pausa para colgar el teléfono.

¿Pero, ya vas a colgarme? No tenemos nada más que hablar. – afirmo Mariana.

No tengo tema – contestó parcamente el chico.

Mariana, que iba contenta escuchando a Melendi cantar acerca de la aventuras de un violinista en un tejado,  quedo en una pieza.   Como era posible que alguien llamara y no tuviera tema.  ¿Para que entonces alguien llama por teléfono si no es para hablar?   Mariana colgó el teléfono sin mediar palabras.   Fue como recibir otro torrente de agua fria.  Ya las canciones de Melendi no le hacían cosquillas.

la boina

Hace algunos años, encontré de manera sorpresivo un libro viejísimo de Ernesto Che Guevarra.  Era un  puestito  de ventas de libros en las Ramblas.  En la mágica ciudad de Barcelona.  El puesto era atendido por un señor muy anciano ya sin dietes, ni cabello, y vestía un traje gris muy desgastado.  El libro contenía cartas de Ernesto Guevara a sus hijos, esposa y algunas a Fidel Castro.  Parecían ser originales. Originales o no, me lo llevé.  Aquella noche fría leí todo el libro sin parar. Quede enamorada de Ernesto, sus ideales y su boina.  Desde entonces he surcado cada recoveco en busca de esa boina y no la encuentro… ¿sabes dónde pueda encontrarla?

la cheerleader

Rodrigo estaba en la sala VIP de aquel juego de football cuando vio pasar aquella despampanante cheerleader.  Era alta, esbelta, una sonrisa de ángel, una cabellera larguísima y unas piernas que llegaban hasta el cielo.  Rodrigo quedó complemente inmovilizado.  Sin embargo, tuvo las fuerzas para pararse e ir donde aquella “super mujer” , sonreírle y darle un simple “hola”.  La cheerleader  le sonrió muy coquetamente, se sirvió un vaso de coca cola y le dijo: “nos vemos más tarde”.    Roberto ya no pudo concentrarse más en el juego.  Solo tenían un su mente la cheerleader y su posible encuentro.     Tres horas después la cheerlader apareció.   Roberto, se levanto de su silla, y sin mediar palabras los dos se unieron en un beso explosivo y fulminante.  Ya después tuve que partir  y no supe que pasó.

hombre de cabello largo

Jean Pierre era un hombre espectacular en todos los sentidos. Una personalidad envidiable,  un físico de fantasía y un pelo largo de pura gloria.  Todas las mañana llegaba en su moto, una de esas viejas de color gris,  al Café De La Paix cerca de Montmarte en Paris.  Se quitaba el casco, se miraba en el retrovisor, en caso que tuviese algún cabello fuera de sitio,  y continuaba su triúnfate, siempre con una sonrisa, camino hacia su habitual mesa.   El café se paralizaba mirando singular criatura.   Se sentaba, pedía un café, un croissant y sacaba su periódico.   Sin lugar a duda su “sex appeal” era su bella cabella larga, de color negro y brillante.  Su ojos eran negros como el azabache y profundos como el mar. Era muy simpático y cortes. Recuerdo muy vívidamente cuando en una ocasión se me cayó al suelo  mi libreta de dibujos, y el hombre del cabello largo corrió a recogerla.   Mientras Jean Pierre estaba en el café mis amigas y yo solo nos quedamos embelesadas mirando casa gesto, movimiento y respiro que aquel hombre de cabello largo que hacía.  Jean Pierre dejó una gran impresión en mi, es posible, que por ello me gusten los hombres de cabello largo, aunque ahora solo me hechiza alguien que no tiene mucha cabellera.

los días de tequila

La llegada al aeropuerto de Barajas aquella mañana del verano del noventa y tres fue totalmente despampanante. Aún  Mariana recuerda ese día como si solo hubiese  pasado hace unos instantes.  A sus diecinueve años y algo tímida había llegado a pasar un año completo en Toledo con la excusa de estudiar política europea, pero la verdad es que deseaba conocer y vivir el mundo.    Durante su estancia en España hubo cientos de noches de juerga, días de paseos y  viajes  con los nuevos amigos que allí encontró y que sin lugar a duda durarían toda una vida.   

Pero también la dulce Mariana conoció por primera vez  la ardiente tequila.  El grupo de amigos salían a rumbear todas las noches por las calles de Zocodover y Mariana era la encargada de los tequilas “shots”.  Un poco de sal, tequila y finalmente, el complicado limón iniciaban la alegre velada.  Aquellos días de tequila, baile y viajes se convirtieron en el año más memorable de su vida.  Súbitamente, luego de más de cien veranos, junto a un nuevo amigo que ya lo era, Mariana, se reencontró con el tequila.  El tequila había cambiado.  Era un tequila más sofisticado, preciso y  abrasador.  Al añadir solo un poco de tequila a la ecuación la magia se redoblo.  Mariana entonces se pregunto  si los días de tequila habían vuelto y si se aproximaba un nuevo año, como el noventa y tres, lleno de alegría, risas y encanto.  Por ahora, está en su balcón bebiendo un café con leche con un poco de “whip cream”.

la aventura de la libertad, parte uno: los primeros traídores

Era una calurosa noche al final del verano.  Muy poco viento soplaba por aquella ventana del balcón de mi habitación que miraba hacia la bahía de San Juan.  Mis padres no se paraban del viejo sofá en la sala escuchando todas las emisoras de radio y leyendo una y otra vez los periódicos.  Yo, yo solo podía el oler el agua de mar que entraba, solo podía escuchar  las noticias de la radio, mi móvil no paraba de sonar y una “cuba libre” era mi acompañante.   Ya llevaba días viendo como se iba la gente, miles y miles,  todas las mañana del país.  Todos con dos o tres maletas, algunos hasta con televisores viejos e inútiles, y azorados, como si se estuviera acabando el mundo.   Algunas mujeres, de esas que usan los dubi dubi en lugares públicos, iban llorando despavoridas.  Solo pensaban en las ayudas federales que ya no recibirían y que tenían que ponerse a trabajar.

De repente tocan a la puerta.  Y desde mi balcón puedo ver que era mi vieja amiga Victoria.  Compañeras de universidad cuando ambas estudiábamos letras y lingüística en Madrid.  Recuerdo con ansiedad nuestras innumerables reuniones políticas  a favor de la independencia de nuestra isla caribeña.   Éramos dos revolucionarias de papel, de blogs y de cyber cafés, pero estábamos dando la batalla aunque fuese de forma solapada, indirecta y sin armas. Entonces pensábamos si era suficiente.   Hace más de una década de no la había vuelto a ver.  Sin embargo, si  conocía que había cambiado de bando y se había, como tanto, eñagotado ante el imperio. Que había estado trabajando con una multinacional estadounidense y luego era ayudante  de un  senador defensor de la estadidad para la isla pero que no sabía hablar ni escribir el  inglés.   Bien recuerdo  que fue uno de los primeros  en salir del país cuando aquel  15 de septiembre el Congreso de los Estados Unidos nos regalo la independencia.   

Inmediatamente baje las escaleras de nuestra humilde casa.  Mi corazón palpitaba de emoción pensado que Victoria estaría exaltada de alegría con la idea hecha realidad de libertad.  Al pisar el último escalón logre ver su pálido y envejecido rostro, debido a las largas horas de trabajo para acumular más y más fortuna, y descubrí que su rostro reflejaba angustia, pavor y desasosiego.

Hola Mariana, me dijo muy tranquila.  Yo no pude contestar.

Necesito tu ayuda. Daniel y yo necesitamos salir del país.  Tú eres la única que puedes ayudarnos.

Con mucho coraje le contesté: Pero este es tu país. Nos vas  dar la batalla y luchar porque salgamos exitosos de esta aventura y responsabilidad que se llama libertad.

Victoria mira hacia el piso y luego de un minuto contestó con un simple no.

Yo, un poco atolondrada pero con gran fortaleza y coraje callé. Callé porque el silencio a veces es un mal necesario. Callé porque que le puedes decir a un traidor. Callé porque que le puede expresar a una persona sin identidad propia.  Aún con mi cuba libre en la mano, le invite a pasar.  

 

 

aquel sofrito

Ya sé que no volverás  y mis planes eran quedarme.  Aquella ciudad colonial, con sus adoquines, sus colores pasteles añejos, sus hermosos y floridos balcones  y su historia me alegraron un día.    Pero muy pronto  todo cambiara en aquella vieja ciudad que un día me ilusionó.   

La ciudad se llenó de olores tóxicos, deprimentes y molestos.  Al caminar por sus antiguas y diminutas calles parecía que te quedabas sin respiración y tus pensamientos  quedaban aturdidos.   En cualquier momento podías darte un tropezón antes la inmensa cantidad de latas de botellas, papeles y basura general.   Sus habitantes olvidaron la amabilidad, generosidad y simpatía que las caracterizaba.  Su gobernante se convirtió en un hombre prepotente y arrogante que solo pensaba en si mismo y la manera de seguir enriqueciéndose.  Dejo a un lado las necesidades de aquellos habitantes y hasta los gatos que merodeaban y eran huérfanos de la ciudad comenzaron a emigrar a otras partes más lejanas de aquella ciudad.  Al parecer  aquel sofrito isleño, repleto de especies raras y hasta lleno de caldos mal intencionados, que un día apareció en todos los rincones de la ciudad, y que se comenta que fue aquel gobernante que lo distribuóo, tuvo un efecto irremediable y sombrío para la ciudad y su gente.  

Mis planes eran quedarme, pero la ciudad que un día conocí ya no volverá.