Era una calurosa noche al final del verano. Muy poco viento soplaba por aquella ventana del balcón de mi habitación que miraba hacia la bahía de San Juan. Mis padres no se paraban del viejo sofá en la sala escuchando todas las emisoras de radio y leyendo una y otra vez los periódicos. Yo, yo solo podía el oler el agua de mar que entraba, solo podía escuchar las noticias de la radio, mi móvil no paraba de sonar y una “cuba libre” era mi acompañante. Ya llevaba días viendo como se iba la gente, miles y miles, todas las mañana del país. Todos con dos o tres maletas, algunos hasta con televisores viejos e inútiles, y azorados, como si se estuviera acabando el mundo. Algunas mujeres, de esas que usan los dubi dubi en lugares públicos, iban llorando despavoridas. Solo pensaban en las ayudas federales que ya no recibirían y que tenían que ponerse a trabajar.
De repente tocan a la puerta. Y desde mi balcón puedo ver que era mi vieja amiga Victoria. Compañeras de universidad cuando ambas estudiábamos letras y lingüística en Madrid. Recuerdo con ansiedad nuestras innumerables reuniones políticas a favor de la independencia de nuestra isla caribeña. Éramos dos revolucionarias de papel, de blogs y de cyber cafés, pero estábamos dando la batalla aunque fuese de forma solapada, indirecta y sin armas. Entonces pensábamos si era suficiente. Hace más de una década de no la había vuelto a ver. Sin embargo, si conocía que había cambiado de bando y se había, como tanto, eñagotado ante el imperio. Que había estado trabajando con una multinacional estadounidense y luego era ayudante de un senador defensor de la estadidad para la isla pero que no sabía hablar ni escribir el inglés. Bien recuerdo que fue uno de los primeros en salir del país cuando aquel 15 de septiembre el Congreso de los Estados Unidos nos regalo la independencia.
Inmediatamente baje las escaleras de nuestra humilde casa. Mi corazón palpitaba de emoción pensado que Victoria estaría exaltada de alegría con la idea hecha realidad de libertad. Al pisar el último escalón logre ver su pálido y envejecido rostro, debido a las largas horas de trabajo para acumular más y más fortuna, y descubrí que su rostro reflejaba angustia, pavor y desasosiego.
Hola Mariana, me dijo muy tranquila. Yo no pude contestar.
Necesito tu ayuda. Daniel y yo necesitamos salir del país. Tú eres la única que puedes ayudarnos.
Con mucho coraje le contesté: Pero este es tu país. Nos vas dar la batalla y luchar porque salgamos exitosos de esta aventura y responsabilidad que se llama libertad.
Victoria mira hacia el piso y luego de un minuto contestó con un simple no.
Yo, un poco atolondrada pero con gran fortaleza y coraje callé. Callé porque el silencio a veces es un mal necesario. Callé porque que le puedes decir a un traidor. Callé porque que le puede expresar a una persona sin identidad propia. Aún con mi cuba libre en la mano, le invite a pasar.