el centro de todo

La gente piensa que Plaza las Américas es el centro del universo. Algunas personas realmente viven allí.   La verdad es se puede ver todo tipo de espécimen boricua.  Iniciamos con los artistas del patio que van allí con gafas oscuras y pañuelos alrededor de la cabeza como si la gente estuviera detrás de ellos pidiendo su autógrafo. En esa actitud he visto a Miraida Chaves y a Rubén Sanchez en Sears.   Luego están las mujeres que llegan en “dubi dubi” y rolos.  Hace años llegó esta práctica a Plaza que antes solo se veía en otros centros comerciales.  El “dubi  dubi” y los rolos son para estar bellas porque salir como si fueran extraterrestre a la calle.  Están las personas de la tercera edad, o sea los viejitos, que se sientan a observar y criticar todo el que pase. ¡Ay virgen!, mi gran amiga y yo nos sentamos y criticamos todo el tiempo, desde hace más de quince años, será que siempre hemos sido viejas de corazón.  Están los adolecentes vestidos de negro que se llevan al mundo de frente si se les deja.   No pueden faltar las mujeres que dicen que son de la “alta sociedad”, que se ponen todas sus galas para ir a un centro comercial y luego se pelean por la último juego de sábanas en especial de la tienda Macys.  ¡Esto  es macondo!

las parchas

A mí me gustan los cítricos más que ninguna otra clase de fruta.  Mi preferido, por supuesto, es el complicado limón, pero me ilusiona la parcha. Desde chiquitita me encantaba abrí la parcha en dos partes y chupármela completitas con pepitas y todo.  Hace algunas semanas fue a visitar a un amigo, en camino a su casa, entre al supermercado y me tope con la exquisita parcha. Compré dos pensando que me las comería en el sofá color marrón de mi amigo mientras veíamos televisión.  Pero al llegar, se me olvidaron las parchas… deben estar aún en su nevera.

la desconsideración

Hoy día la gente es demasiado desconsiderada.  Te echan el humo del cigarrillo en la cara,  sin importarle.  Hacen cortes de pastelillos en la carretera como si fueran los dueños de la panadería. Hablan a tu lado por el famoso celular como si tuvieran un altoparlante en la boca.  Se cuelan en la fila del supermercado como si uno fuera ciego.  Algunas madres van con los coches de los niños por los centros comerciales como si fuera Indianápolis 500. Ya he recibido varios cantazos.  Otros están todos los sábados con la radio a todo volumen, tienen el disco rayado.  No puede faltar el vecino que corta la grama todos los domingos por la mañana, sin inmutarse.  Están los que siempre invitan a salir y nunca tienen chavos para pagar.  Una clase singular son aquellos que llaman por teléfono una y otra vez, en algunos casos, decenas de veces, si uno no contestas.  Todo parece indicar que existe un pánico gigantesco  a ser considerados con el prójimo, a ser chéveres, atentos, cortes, y amigable no importa con quien.   Muchas veces llegan a mi mente pensamientos sobre este tema. Y me pregunto: ¿Seré yo la que está mal?  Por exigir que volvamos a ser como una vez fuimos, chéveres.

alcohol

Caminando por aquellas milenarias veredas en la ciudad de Jerash en Jordania me resbalé.   Se me abrió el pantalón que llevaba, uno de mis favoritos de color marón con adornos brillantes, y se abrió una tremenda herida en la rodilla de mis pies izquierda.   Una vieja argentina que estaba cerca vino a mi rescate. Sin embargo, esta me abrió mas la herida y sin mediar palabras me hecho alcohol.  Aún siento el dolor… grité como nunca.

la boina

Hace algunos años, encontré de manera sorpresivo un libro viejísimo de Ernesto Che Guevarra.  Era un  puestito  de ventas de libros en las Ramblas.  En la mágica ciudad de Barcelona.  El puesto era atendido por un señor muy anciano ya sin dietes, ni cabello, y vestía un traje gris muy desgastado.  El libro contenía cartas de Ernesto Guevara a sus hijos, esposa y algunas a Fidel Castro.  Parecían ser originales. Originales o no, me lo llevé.  Aquella noche fría leí todo el libro sin parar. Quede enamorada de Ernesto, sus ideales y su boina.  Desde entonces he surcado cada recoveco en busca de esa boina y no la encuentro… ¿sabes dónde pueda encontrarla?

jetlag

Casi lista para escribir acerca del jetlag… me he quedado dormida y aturdida.  Será desde el noventra y tres.

ruidos que nos persiguen

Me han propuesto hablar de los ruidos que nos persiguen.  La verdad es que hay diversidad de clases de ruidos. Están los ruidos reales que escuchamos por todas partes y no nos dejan vivir.  El perro del vecino, lobo, no deja de ladrar cada vez que la otra vecina pasa por allí a chismear de los últimos acontecimientos  en la calle.  Está el ruido del teléfono móvil  de aquel amigo que llama a todas horas porque no hace nada y está aburrido,  a veces quisieras rastrillarlo contra el piso.  Pero el más temible de todos los ruidos, es el del coquí, cada vez que llueve.  Aunque para algunos es una melodía para mí es un ruido infernal que no me deja dormir ni me da paz durante la noche.  A veces salgo a las tres de la madrugada al dialogar con estas maravillosas criaturas, a convérsenlas, así sea con una escoba, que dejen de cantar.  El ruido es relativo, lo que para mi puede ser un ruido espantoso, como el cantar del coquí, para otros es pura gloria.

 

no voy hacer nada…

Tenía ganas de hacer un “mini photobook”, un detallito, un agrado para alguien especial.  Me gusta regalar, hacer sorpresas, lo mío son los detalles, es lo que me hace particular, al menos eso pienso. Al comentarle mi idea a mi amiga me contestó: “ten cuidado que no se asuste”.   Un librito tonto de fotos de recuerdos que hemos tenido en los últimos meses podría asustar a alguien, pensé.  Será que ya no podemos ser espontáneos o demostrar nuestra gratitud por momentos de alegría vividos. Puede ser. La gente hoy día es tan compleja.   Bueno, ya no voy hacer nada…

 

 

 

hombre de cabello largo

Jean Pierre era un hombre espectacular en todos los sentidos. Una personalidad envidiable,  un físico de fantasía y un pelo largo de pura gloria.  Todas las mañana llegaba en su moto, una de esas viejas de color gris,  al Café De La Paix cerca de Montmarte en Paris.  Se quitaba el casco, se miraba en el retrovisor, en caso que tuviese algún cabello fuera de sitio,  y continuaba su triúnfate, siempre con una sonrisa, camino hacia su habitual mesa.   El café se paralizaba mirando singular criatura.   Se sentaba, pedía un café, un croissant y sacaba su periódico.   Sin lugar a duda su “sex appeal” era su bella cabella larga, de color negro y brillante.  Su ojos eran negros como el azabache y profundos como el mar. Era muy simpático y cortes. Recuerdo muy vívidamente cuando en una ocasión se me cayó al suelo  mi libreta de dibujos, y el hombre del cabello largo corrió a recogerla.   Mientras Jean Pierre estaba en el café mis amigas y yo solo nos quedamos embelesadas mirando casa gesto, movimiento y respiro que aquel hombre de cabello largo que hacía.  Jean Pierre dejó una gran impresión en mi, es posible, que por ello me gusten los hombres de cabello largo, aunque ahora solo me hechiza alguien que no tiene mucha cabellera.

soy un pollito, pa que masques

Hace un rato escuche de un buen amigo, quien también se hace llamar, el pollito, y no sé si es por la tierna persona que es, porque se quiere sentir que tiene veinte,  o porque muy detrás de esa armadura de león feroz es un pollito tierno e indefenso, utilizó  la frase “pa que masques” y vinieron a mi mente mil recuerdos de “high school”.  Recuerdo vívidamente aquellos que usaban la frase para presentarse como los guapetones de barrio.  Me reí un rato. Mi instinto estúpidamente ilustrado.   Y pensé,  es una cafrería.  

Vino a mi mente esa palabra que el comediante Sunchine Logroño que muy hábilmente introdujo en nuestro vocablo popular: “soy cafre, ¿y qué?  Ser cafre. ¿Que podrá significar? Es acaso una palabra despectiva para referirse a la gente de pueblo que somos todos. ¿Es acaso una manera de distinguirnos para sentirnos mejores o superiores? O, ¿Simplemente no significa nada? ¿Será solo una palabra más para rellener nuestras conversaciones o pensamientos porque no tenemos nada que decir? Mi amigo no es cafre. Bueno,  y si lo es, ¿qué?, no importa, el es alucinante.  Y por eso me puse a pensar y a buscar, y busqué el diccionario. Y me sorprendí.  Es correcto utilizar la palabra “mascar” y por tanto decir “pa que masques” para hacer ver guapetón y poderoso para establecer que algo que dices que vas hacer que va a pasar de inmediato.   Efectivamente mi amigo me hizo mascar y ciertamente no fue un chicle.

 

Mascar, según la real academia española – “dicho de un hecho importante: considerarse como inminente”.   

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