Nada como una noche entera de perder el tiempo escribiendo pensamientos fútiles en este espacio cibernético. Como tantas noches un tema sin importancia inicio la carrera. En esta ocasión hablábamos del ron. Esa bebida caribeña convertida en símbolo de gran sexualidad, diversión y hasta felicidad pasajera para algunas personas.
La verdad es que no soy de mucho beber alcohol. La cerveza y yo nos llevamos; el vino no es de mi agrado y cualquier otra cosa me es indiferente. Pero el ron, el ron me toca otra melodía. Siempre me ha gustado. Me alucina su aroma y consistencia. Su complejidad me exalta los sentidos. El ron con “coca cola”, de dieta por favor, y un toque de limón o mucho limón me hace palpitar. El sabor de la suave coca cola combinada al particular aroma del ron es como un paraíso en los labios.
Cuando creía que ya el ron con coca cola me había atrapado, llegó a mis labios, la dulzura impaciente del mojito. Nada como la mezcla del fuerte ron, la dulce menta y el complicado limón en una torrente de placer inmediato. Oh no, ya extraño el dulce y riquísimo mojito que con pasión me prepararon hace unos días, otro por favor!

